Jóvenes cooperantes, en una cooperación inmadura
Por Manuel López
Todo ocurre de repente. Algunas elecciones en nuestra vida se hacen en menos tiempo, incluso del que se requiere para su asimilación. A veces es la única forma de tomarlas y, para decidir ser voluntario o cooperante, es una de las más habituales.
Soy joven cooperante, o al menos eso pretendo en esta estancia, que aun puedo saborear como el niño que lame un helado en verano. Ésta empieza a acercarse inevitablemente a su final, y los restos de mi polo están a punto de ir a la memoria de los sabores. Todavía me cuesta creer que un buen día me decidí, después de una llamada que, aunque la deseaba con todo mi corazón, dejó en mi un sentimiento de duda. Lo tenía ya pensado, pero fueron unos segundos los que decidieron. Ahora me encuentro al sur de Guatemala, y aunque he estado solo dos meses, es suficiente como para poder asomarme al mundo.
La ventana la he abierto viendo todo más nítido sin el cristal, pero no tener el vidrio que nos ponen desde nuestro país de origen para protegernos del exterior, nos da inseguridad. Poco a poco me hice a la nueva situación, aunque siempre con la precaución y, a su vez, utilizando la desconfianza para prevenirme de lo que me rodeaba. Sentimiento que además de ser útil para que la realidad no te golpee, te impide conocer mejor el entorno.
A medida que surge la adaptación, mi sentimiento de desconfianza va desapareciendo, y comienzan a hacerse habituales situaciones que nunca aceptaría en mi vida normal. Para ello no paro de repetirme que no somos dioses, y aunque somos jóvenes y vengamos a cambiar algunas situaciones, solucionar todas es imposible. A la hora de trabajar en ese problema al que viniste a ayudar, te das cuenta de que incluso no sabes si podrás ver una solución del mismo, y es que no somos los únicos jóvenes en este mundo.
El primer obstáculo que te encuentras en la cooperación es la actitud de la gente, acostumbrada al paternalismo con el que se trabajaba durante décadas, y que lo único que ha hecho es dejar esparcidos proyectos que ni siquiera eran aceptados por la gente del lugar, abandonados con el tiempo. La actitud es pasiva, no solo por vivir de la limosna, sino dentro de las políticas de desarrollo. Sólo esperan proyectos que vengan subvencionados desde el extranjero, cuando el fin último de la cooperación es hacer que elementos de la estructura política del país desarrolle por si solo estos planes. Por ello, la evolución de esta herramienta a la que llamamos cooperación, se torna a crear proyectos que realmente salgan de las necesidades que piden las comunidades locales, para que tengan una continuidad en el futuro, además de apoyar aspectos de participación política en la sociedad.
La cooperación es joven, y aun tenemos que desarrollarla y profesionalizarla como es debido, ya que una de mala calidad, como la que se hizo en su día, son problemas adicionales en un futuro. Mucha culpa de esto la ha tenido la iglesia, que siendo la organización que más dinero destina a la cooperación, es la que ha practicado el paternalismo en su concepto más puro, viendo iglesias construidas donde necesitan agua, colegios y casas. Es difícil no dar al que le falta, pero si le das siempre, nunca aprenderá a conseguir lo que no tiene. No puedo recordar la cantidad de veces que me pidieron algo de dinero o de comer, y aunque se me partía el alma, mi respuesta era siempre que no, ya advertido de antemano por la ONG de que tendría que hacerlo. Única cosa que desde la organización supieron decirme del lugar al que iba, ya que mi trabajo aquí no estaba bien planificado.
Muchas veces me pregunto, si verdaderamente mi aportación como joven cooperante no es más que un fallo de los muchos que tiene esta joven cooperación. Se destinan fondos sociales para enviar a jóvenes a aprender sobre el terreno, y las ONG no tienen enfocados sus trabajos y su aprendizaje una vez allí. Al final es desaprovechar recursos humanos, y retrasar la labor de profesionales que tienen que estar a cargo de nosotros. Solo los ven como una forma de obtener ayudas y subvenciones, sin saber cómo y donde podrían ayudar dentro del proyecto. Al final, con ganas de trabajar, se encuentra el sitio y la forma de apoyar al proyecto, y te das cuenta de que aquellos que te enviaron no tenían ni idea de lo que te ibas a encontrar.
Por ello, se debería profesionalizar este trabajo y dejar de mandar gente que quiere tranquilizar su conciencia, es duro decirlo, pero si queremos que se pase de joven a adulto, es necesario.
Para muchos profesionales de la cooperación, tres meses es un tiempo que no permite asimilar la realidad que nos rodea, y no les falta razón. Si ya es difícil asimilarla en la realidad en la que crecimos, en un contexto tan diferente como al que te enfrentas en estos casos aun más. Sería un iluso si pretendiera comprender en tres meses lo que es la cooperación al desarrollo, pero espero no dejar de seguir absorbiendo conocimientos. Aprendizaje que espero me haga llegar algún día a evolucionar en este mundo del desarrollo, al que igualmente espero que la juventud no le haga cometer más errores, y en un futuro podamos hablar de una cooperación madura.



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